lunes, 24 de noviembre de 2008

GUARDAR SU PALABRA

GUARDAR SU PALABRA

Dios creo al hombre y le dio aliento de vida, luego puso sobre el 2 caminos…

Los dos caminos se refieren a dos tipos de estilo de vida: la vida cómoda, confortable, popular, o la manera difícil de la negación propia luc 9:23

A estos caminos se entra por dos puertas: una puerta estrecha de la rendición o la puerta ancha de la autosuficiencia. La verdadera justicia conduce a la negación de uno mismo. Mt 7:13-29
Los teólogos de su tiempo (y también después) se preguntaban si serían muchos o pocos los que se salvarán. Lucas nos recuerda que Jesús no respondió a semejante pregunta (Luc: 13,23).

Al decir que la puerta es "estrecha", Jesús quiere recordarnos que el camino de la vida es fatigoso y doloroso. Stg 1:12 Más adelante se comprenderá que es el camino de la cruz. Luc 9:23
Y al decir que son pocos los que entran por él, Jesús anuncia que su camino no es el del mundo, el del sentido común, es siempre un camino en la oposición, un camino minoritario.
El camino del sermón del monte
La salvación o la perdición. Por tanto, es preciso elegir entre estos dos modos de vida que son antagónicos.
Expone Jesús la necesidad de la decisión personal para entrar en el reino (= la vida). No hay que dejarse arrastrar por lo que todos hacen; hay que salirse de la corriente para atinar con la vida. EF 4:17-20 No es difícil entrar por la puerta angosta; sólo que la mayoría de los hombres, deslumbrados por lo más aparente, ni se da cuenta de que existe. 2co4:4
La verdadera justicia sometida a pruebas (MT 7.13–29)
Cristo bosqueja tres pruebas que demostrarán que nuestra justicia es verdaderamente de Dios. Que seguimos su camino GUARDANDO SU PALABRA. El cristianismo falso, falsificado, no pasará estas pruebas.
El sacrificio de Cristo abre el camino hacia Dios (Heb 10.19–39)
Tenemos un nuevo camino basado en el nuevo pacto; tenemos un camino de vida, debido a que tenemos un sumo Sacerdote viviente (7.25). La familia de Dios (la Iglesia) tiene un gran sumo sacerdote.

EL CAMINO, LA VERDAD, Y LA VIDA
Jesús dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí .Piénsalo. Ningún profeta ha osado jamás auto proclamarse el Camino,
En algunas religiones, se habla de diversos caminos, heterogéneas verdades,. Algunas prometen otras vidas, otras te dicen que si mueres, puedes reencarnar en algún ser inferior, como una pulga por ejemplo, y así pagar tu mal “karma”. Otras prometen que si te suicidas llevándote contigo a los enemigos de tu religión, iras automáticamente al “paraíso
En el mundo presente, la serpiente sigue usando las mismas palabras para engañar al hombre: Si ves pornografía, no morirás. Si usas drogas, alcohol, cigarro, no morirás. Es bueno experimentar de todo en la vida, y al final de tus días, en tu lecho de muerte, puedes arrepentirte de todo, salvarte, e ir al paraíso de Dios. Puedes abortar, y no morirás. Puedes comer hasta hartarte, y ser glotón, y no morirás. Puedes adulterar, y nadie se enterraría. Nadie se ha muerto por codiciar a la mujer de su prójimo. Hay mentiras, y mentiras “piadosas”. Debes creer en otros caminos alternos, pues hay muchas verdades como hay caminos. Todo esto no nos apartaría de la verdad si conocemos y guardamos su palabra.




EL BUEN PASTOR Jn 10.7–9 El tercer Yo soy pronunciado por Jesús lo presenta como la puerta de las ovejas. La imagen contrasta la protección que Jesús da a las ovejas en el redil con los usurpadores, los falsos profetas de los tiempos del AT y los falsos mesías de tiempos más recientes. Entrar al redil a través de Jesús es una acción salvadora y provee a las ovejas de vida abundante y provisiones. Estas escuchan y reconocen la palabra de su pastor y solo a Él siguen.
La Sabiduría que viene de escuchar y guardar la palabra de Dios protege nuestros caminos.
La idea clave aquí es la de la protección de Dios sobre los suyos (Prv 5: 7)
El mundo, la carne y el diablo están dispuestos a derrotarnos y necesitamos la sabiduría de Dios para preservarnos fuera de su poder
El pecado siempre es costoso: usted puede perder su reputación (5.9), sus posesiones (5.10), su comunión con Dios Sg 4,1-9
Nosotros escuchamos con frecuencia la palabra de Dios. Cada día nos miramos al espejo para ver si vamos conservando la imagen que Dios nos pide. Cada día volvemos a la escuela, en la que el Maestro nos va ayudando en una formación permanente que nunca acaba. Debemos poner más atención a la palabra, sobre todo en la primera parte de la Eucaristía. Para contrarrestar otras muchas palabras que luego escuchamos en este mundo y que generalmente no coinciden con lo que nos ha dicho Dios.

LA EXPERIENCIA DE ISRAEL CON GUARDAR LA PALABRA.
Moisés está contemplando la Tierra prometida, pero no puede entrar en ella. Dios le ha guiado en el camino, pero otro y no él será el elegido. Su voz, emocionada, se convierte en cantora de la sensatez, perfección y belleza de Ley. Quien sea fiel a ella, dice, será amigo de Dios, y ha eso están llamados los hijos de Israel.
“Moisés, habló al pueblo:



Estos son los mandamientos, preceptos y normas que Yahveh vuestro Dios ha mandado enseñaros para que los pongáis en práctica en la tierra a la que vais a pasar para tomarla en posesión, a fin de que temas a Yahveh tu Dios, guardando todos los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, tú, tu hijo y tu nieto, todos los días de tu vida, y así se prolonguen tus días.
Escucha, Israel; cuida de practicar lo que te hará feliz y por lo que te multiplicarás, como te ha dicho Yahveh, el Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel. (Deuteronomio 6, 1-4).
He aquí un profundo pensamiento religioso que ha de guiar al pueblo de Israel: ser fieles a la verdad, a la ley, a la conciencia, es aplicar la gran sabiduría y prudencia que ha de caracterizar al pueblo de Dios; y ser infieles será el gran pecado.
En Deuteronomio 6,6-9. Se insiste en la obligación de interiorizar y recordar cada una de las palabras, pero no solo recordarlas ya que la verdadera sabiduría consiste en cumplirlas no en saberlas. (Eclesiastes 12,13).





“Grábalas en tu mente” (v.6), tenlos presentes en tu mente para ordenar tus pensamientos, para poder juzgar todo conforme a Dios.
“Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado” (v.7), Sabiendo que eres responsable de la Fe de ellos. Debemos recordar que los hijos son producto de las palabras, ellas bendicen o maldicen (Ef 4.29), los padres debemos darnos cuenta que el ambiente del hogar es un producto de palabras.
Uno puede ir a misa, pero si pierde el control, maldice, grita, se queja, pierde sus hijos; los hijos no son criados en el ambiente de la iglesia ya que pasan más tiempo en el hogar.
“Las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos” (v.8), deben estar atadas a tus manos para que guíen tus actos (Ef 6,4; Heb 12,4-6; Pr 3,11-12).
“Las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas” (v.9), para que rijan tu vida económica y social.
“Guardaréis puntualmente los mandamientos de Yahveh vuestro Dios, los estatutos y preceptos que te ha prescrito” (v.17).
Memoricemos, pues, esta frase: los mandamientos esenciales, los de la Ley, no sus derivaciones, son la encarnación de la sabiduría y prudencia con que debe proceder el pueblo de Dios.
Las grandes maravillas realizadas por Dios en favor de Israel debieron ser motivos para ser fieles al Señor. Pero la historia de la salvación nos manifiesta lo contrario: el pueblo de Dios fue ingrato e infiel al Señor muchas veces.
¿Y nosotros? En realidad, Dios ha realizado aún mayores portentos con nosotros, por la Encarnación de su Hijo, la Redención, la institución de la Iglesia, la Eucaristía y los demás sacramentos... También nosotros hemos recibido los mandamientos y preceptos de Dios para que los cumplamos. Esos preceptos y mandatos son santos, sabios e inviolables, como el mismo Dios. Son frutos de la bondad, de la sabiduría, de la justicia y de la santidad de Dios. ¿Puede haber para nosotros algo mejor, más razonable, más santo, más poderoso y más dichoso que la santa voluntad de Dios, expresada en sus mandamientos? Tal vez muchas veces hemos dejado de cumplirlos.
Hoy, en esta invitación volvamos a escoger de nuevo el camino de los divinos preceptos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y a tu prójimo como a ti mismo»
No seamos como los escribas y fariseos del tiempo de Jesucristo. Ellos cumplían, en apariencia, los mandatos de Dios, interpretando la letra según su interés. Digamos y cumplamos nosotros lo que Jesús dijo: «Mi comida consiste en hacer siempre la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Debemos morir a la propia voluntad, para vivir entera y ciegamente confiados en la santa voluntad de Dios, entregados totalmente a su beneplácito, al gobierno y Providencia de Dios y llevando, según sus mandamientos, una conducta intachable. Esta es la esencia de la vida cristiana. ¿Pensamos así? ¿Vivimos así?
Si Dios nos ha dado mandamientos y leyes es para que vivamos y nos salvemos. Por eso, los preceptos del Señor son la alegría del hombre, que se ve distinguido y privilegiado con ellos. De ahí brota el deseo de una fidelidad sincera, que manifestamos con el Salmo 147:
«Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz, manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos».





Dado el relativismo moral que se ha venido desarrollando en nuestros tiempos, debemos recordar lo que el Papa Juan Pablo II escribió, no hace mucho tiempo, en su encíclica (Veritatis Splendor). Que nos habla precisamente de la importancia del cumplimiento de la ley como elemento regulador de la vida cristiana y humana. Y es que hoy, como en el tiempo de Jesús, los fariseos se fueron haciendo dueños e intérpretes de la ley, algunos quizás hasta pensaban que Jesús, como andaba con los pecadores, terminaría relajándose todavía más. Sin embargo Jesús es claro: la Ley es santa. Es cierto que nos dio un nuevo mandamiento, el mandamiento del amor, sin embargo éste está por sobre toda la ley. Será realmente cumplir el mandamiento del amor, que implica toda nuestra vida, física y afectiva, si no somos capaces o no estamos dispuestos a cumplir la ordenanza “restrictiva de la ley”. Las leyes son como una barrera que corre a lo largo de nuestra vida e impide que nuestra vida se desbarranque en el pecado. Es la frontera entre el pecado y la gracia. Revisemos nuestra vida en el estricto cumplimiento de la Ley de Dios (y por qué no… de los hombres también).





Los términos de la Escritura no son sólo palabras humanas. Tienen un aspecto humano importante -han sido escritas por hombres de carne y hueso, marcados por una cultura y una mentalidad determinadas-. Pero son también «inspiradas» por Dios. Detrás del autor, el escritor sagrado, hay un único Autor. (2 Timoteo 3,16)
La Biblia, el Evangelio, no son pues libros ordinarios. Su Autor principal está ahí, presente en nosotros, en el fondo de nuestros corazones y de nuestras inteligencias, para decirnos «en directo», a través de las palabras escritas, lo que El quiere decirnos HOY. ¡Dios es un contemporáneo nuestro!
Los textos antiguos están ahí para hacernos oír la "Palabra actual" que Dios persiste en decir al mundo moderno.





ESCUCHA-CUMPLIMIENTO DE LA PALABRA.
"No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos... Por esto, cualquiera que acoja mis palabras y las ponga en práctica se parece a un hombre sabio que construye su casa sobre roca" (Mt 7,21.24).
La afirmación evangélica propone de nuevo la necesaria escucha, para ser verdadera, debe mantener en relación con el modelo de palabra de la que quiere hacerse propiamente "oído": en este caso en relación con ese hablar característico que es el hablar propio de Dios. La palabra de Dios se autopronuncia realizando cuanto dice, cumpliendo cuanto promete: "Dijo y se hizo" (Sal 33,6-9; Gén 1; Sab 9,1), de esa misma manera Jesús nos pide no ser solo oidores sino hacedores, haciendo cuanto se oye.
La palabra de Dios es, pues, gesto creador, acontecimiento e historia, ante la que no es posible permanecer pasivo. Al oyente se le impone tomar posición: cumpliéndola, obedeciendo, realizándola o realizándose conforme a ella.
Si el "objeto" de la "práctica" del creyente es Cristo mismo, ésta equivaldrá entonces a frecuentarlo, "conocerlo" (Jn 17,3), "seguirlo" (Me 1,17), "imitarlo" (1Cor 11,1), dejándose "modelar" por él (Rom 8,29), hasta compartir totalmente su destino: llevar su cruz (Me 8,34), beber su cáliz (Me 10,38), morir su muerte y resucitar su resurrección en el bautismo (Col 2,12; Rom 6,3), participar la vida nueva y definitiva (Jn 14,19), recibir de él su reino (Mt 19,28). Éstos son los auténticos, irrenunciables ejercicios; ésta es la praxis de todo creyente cristiano.
Que el Señor sea luz y lámpara para tu camino. (Salmo 119,105), Como María, todo por Jesús y para Jesús.

Por: Héctor Martínez Jaramillo

No hay comentarios: